Laura
Una cueva.
Un escondite.
Un muro infranqueable.
Una capa de invisibilidad.
A Laura le encantaba su capa. Un trozo de tela azul, con estrellas y lunas amarillas, nada más.
Y, al mismo tiempo, aquella manta podía ser cualquier cosa.
Todas las noches fingía que se dormía cuando su padre le leía después de acostarla, como aquel cuento tan raro sobre un chico que hablaba con zorros, que a Laura no acababa de convencerle. En cuanto su padre le dejaba sola en su cuarto, aprovechaba para coger su linterna que tenía escondida debajo de la almohada y se cubría completamente con su manta. La manta.
Le encantaba perderse en los dibujos que había, y se inventaba historias, y reía y lloraba con ellas. Cada vez eran historias distintas, pues aunque al principio tuviera dibujadas únicamente lunas y estrellas, con el paso de los años había recibido varias “heridas de guerra” de macarrones, yogures y otros tantos matones de la cocina.
Laura aprovechaba cada marca nueva, y como quien juega a adivinar figuras en las nubes, creaba personajes y sus historias.
Todas las noches, sin saltarse ninguna, aparecían nuevos personajes, que se unían a los de siempre. Algunos se hacían amigos, claro, pero otros se volvían los más malvados del universo intramantil. Algunos pocos provocaban enfados y envidias a los que no eran nuevos en aquella manta. Pero nadie era menos para Laura que, como creadora de sus personalidades, quería a cada uno de ellos.
Un día se atrevió a entrar al despacho de su padre.
Allí, encima de la mesa, había algo. No sabía muy bien qué, de lejos no lo reconocía, no le era nada familiar. Y, aun así, sin saber por qué, ese trasto la atraía con un magnetismo tan mágico como ineludible.
Se subió a la silla y miró fijamente. Había teclas, con dibujitos. Parecían botones, parecía que querían ser apretados. Laura frunció el ceño, levanto la mano, y los apretó.
Casi se cae al suelo del susto. Del hueco que tenía la máquina salieron palos de metal, y cuando soltó los botones volvieron a esconderse. Volvió a apretar y ocurrió lo mismo.
Fue apretando cada botón, uno a uno: primero la primera fila, luego la segunda…
Se dio cuenta de que iban saliendo en un orden. Que cada palito de metal salía con un botón en concreto. Pero no entendía la finalidad, y mucho menos por qué su padre guardaba en la mesa de su despacho algo tan raro.
Estaba dejando volar su imaginación, cuando entró su padre a la habitación.
- ¿Laura? ¿Qué haces aquí? - se paró un momento, dándose cuenta de qué estaba mirando su hija. - Ah, veo que a ti también te gusta, ¿sabes lo que es?
Laura negó con la cabeza. Por supuesto que no tenía ni idea, era el objeto más raro que había visto nunca, y a la vez el más bonito.
- Es una máquina de escribir. Es donde cuento yo mis historias. Me la regaló tu pa…
Laura ya no estaba en esa conversación. ¿Contar historias? Es lo que llevaba haciendo todas las noches desde que tenía memoria. Así que, ¿así de fácil? Le das a las teclas y se cuentan historias. Fin. Sin tener que buscar manchas nuevas ni nada. ¡Así cualquiera!
Tenía que conseguir contar sus historias, igual así se podían hacer reales.
Desde ese día, cada vez que llegaba a casa del colegio Laura se iba directa a la máquina, y se ponía a “contar historias”. Agarraba su manta, se ponía de rodillas en la silla para poder alcanzar bien, y apretaba las teclas, de una en una siguiendo un orden aleatorio, pero imaginando cada escena en su cabeza.
Poco a poco esas incursiones se fueron fusionando con las noches de creación. En ellas daba vida a los personajes que protagonizarían las historias que contaría al día siguiente en la máquina de escribir. ¡Se sentía tan bien cada vez que las contaba! No había nada que le divirtiera más.
Pero hubo un día distinto. Era un día triste. Laura estaba triste, papá estaba triste, el cielo estaba triste. Hasta la manta estaba triste. Era un día feo, muy feo, un día en los que ni siquiera tenía ganas de inventarse nuevas historias. Un día en el que ni siquiera podía huir a uno de sus mundos imaginarios. Un día horrible.
Con los ojos rojos de tanto llorar y agarrada a su manta fue al comedor. Allí estaba su padre, encogido en el sofá agarrando un libro. Él también había llorado.
Laura se subió con él y los dos se abrazaron. Faltaba alguien en ese abrazo, su segundo papá, y el vacío que notaron les hizo apretarse más el uno al otro.
Con la emoción del abrazo, el libro cayó al suelo. Cuando se separaron Laura lo recogió, y se lo tendió a su padre con un gesto de extrañeza. ¿Por qué lloraba con eso?
Papá Nacho cogió el libro que le ofrecía su hija con un sonrisa triste.
- Algún día podrás leer todos los libros que escribió tu padre. Cuando tengas edad para entenderlos podrás conocerle un poco más. Aunque ya no esté, siempre le tendrás en estos libros.
Le revolvió el pelo y volvió a abrazarla.
La sonrisa había perdido un poco de su tristeza, y aquello contagió a Laura. Su padre le devolvió el libro y ella sonrió. No entendía mucho de lo que acababa de pasar, pero el día había pasado a ser un poco menos horrible. Tenía ganas de quitarse toda esa ropa negra.
Pero los días horribles, a veces, traen con ellos una revelación. A veces esos días son los causantes del abrir los ojos y empezar a entender cosas que nunca te habías planteado.
Y ese día, ese horrible día, era uno de esos días horribles.
Cuando Laura llegó a su cama se sentó. Con una mano apretaba su manta, y con la otra tenía el libro que Papá Nacho le había dado, al cual miraba.
¿Así que aquí están las estrellas de papá?
Y entonces se dio cuenta. Sus historias no estaban guardadas en ningún sitio. Ni las que se inventaba debajo de su manta mágica ni las que contabacuando utilizaba la máquina del despacho de papá. Sus ideas salían volando desde su cabeza, a través de las manos, usando aquel trasto. Pero una vez sueltas, volaban hacia el mundo de las historias perdidas. Laura no podía entender cómo podía atrapar las historias.
Se dio cuenta de que los cuentos que le contaban antes de dormir, también eran historias escondidas en esas cajas. Más gente sabía guardarlas, protegerlas, pero ella no.
Desde ese día horrible Laura intentó guardar sus historias. Puso una red alrededor de la máquina, también una caja, y nada. Intentó soplar hacia una bolsa cada vez que le daba a uno de los botones, pero no aparecía nada. Cogió una de las cajas de historias que había por casa, pero como esperaba, ya estaban llenas, así que tampoco funcionó. Ni siquiera usando su capa mágica fue capaz de evitar que se perdieran una vez las contaba. No era justo.
Así que, poco a poco, Laura empezó a ver en la máquina de escribir una traición que le dolía recordar. Su padre le había dejado antes de contarle cómo atrapar las historias que uno contaba. Sólo le había enseñado a contarlas, pero no a hacerlas eternas. Ya no quería contar más.
Pasaron los años. Laura dejó de contar historias, dejo de inventar personajes. Incluso dejó de usar su manta, que tanto la había protegido. Fue creciendo, aprendió a leer, y a escribir.
Pero no recordaba que eso era lo que ella quería hacer. No se acordaba de su afán por encerrar las historias en aquellas cajas de cuentos, que ahora se llamaban libros. Todo era demasiado lejano como para que Laura entendiera que ya podía hacer lo que tanto había deseado.
Por suerte, a su padre le dio por hacer limpieza en casa. “Hay muchos trastos, los llevaremos a casa de la abuela”. Así que a Laura le tocó poner cosas en cajas. Muchas, muchas, muchas cajas.
Y en una de esas cajas Laura leyó: “Máquina de escribir”. Y sintió un cosquilleo, como ese picor en la nariz que te indica que algo te es familiar. Dejó los libros que estaba empaquetando y se acercó a aquella caja. Estaba ya cerrada, pero las ganas de verla hicieron que le diera igual y la abrió.
Cuando vio la máquina, de nuevo, pensó que era de las cosas más bonitas que había visto nunca. La sacó y se la llevó a su cuarto. En el camino se encontró con su padre.
- Oye papá, no sabía que teníamos una máquina de escribir.
- Claro, era de tu padre. De pequeña te encantaba jugar con ella, pero poco a poco dejaste de usarla, nunca supe muy bien por qué.
Laura se quedó pensativa por un momento, pero en seguida volvió en sí y la llevó la a su escritorio, en su habitación. Encajaba a la perfección.
Estaba feliz, y no sabía por qué. Esa máquina de escribir era como la pieza que faltaba, y ahora el puzzle de su habitación estaba completo.
Se dejó caer en la cama, y miró hacia arriba. De la estantería sobresalía de una caja un trozo de tela azul. Se arrodilló, alargó el brazo y sacó la manta de allí. Abrió mucho los ojos e intuitivamente la abrazó. Todavía olía como la recordaba.
Tumbada en la cama con la manta por encima de la cabeza, empezó a fijarse en los dibujos de la manta, y en las manchas.
Primero vio a Gervor, el más grande de todos, de color rojo. Luego a Luminor, el dios del puré. Y a su prima Clara. Y a la señora de la limpieza de la guardería con su espada. Empezó a recordar, de golpe. Todas sus historias, todos sus personajes. ¡No se habían ido! Su manta los había hecho eternos.
Miró la máquina, y luego a la manta. Gritó mientras la abrazaba y se sentó directa en la silla, a empezar a escribir.
Y no paró, porque había encontrado la forma de hacer sus historias eternas.
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