Una cueva. Un escondite. Un muro infranqueable. Una capa de invisibilidad. A Laura le encantaba su capa. Un trozo de tela azul, con estrellas y lunas amarillas, nada más. Y, al mismo tiempo, aquella manta podía ser cualquier cosa. Todas las noches fingía que se dormía cuando su padre le leía después de acostarla, como aquel cuento tan raro sobre un chico que hablaba con zorros, que a Laura no acababa de convencerle. En cuanto su padre le dejaba sola en su cuarto, aprovechaba para coger su linterna que tenía escondida debajo de la almohada y se cubría completamente con su manta. La manta. Le encantaba perderse en los dibujos que había, y se inventaba historias, y reía y lloraba con ellas. Cada vez eran historias distintas, pues aunque al principio tuviera dibujadas únicamente lunas y estrellas, con el paso de los años había recibido varias “heridas de guerra” de macarrones, yogures y otros tantos matones de la cocina. Laura aprovechaba cada marca nueva, y c...