Los traumitas
Supongo que necesito hablar con alguien y al mismo tiempo me da miedo hacerlo.
De alguna forma pensaba que se había acabado eso de tener miedo a hablar de cómo estoy, de lo que siento. A intentar poner en voz alta (es una forma de hablar, no hablo de la necesidad de hacerlo de forma oral) por lo que estoy pasando sin ningún tipo de temor.
Dejar de huir de mí y afrontar las cosas, y si no es con un tercero al menos conmigo mismo.
Pero veo que no.
Cuando me preguntan qué tal. Antes mentía a esa pregunta, bien decía. A quién le importa, al fin y al cabo. Tampoco tengo por qué contarlo.
Como mucho, con algunas personas podía afirmar que estaba mal. Que no sabía qué me pasaba. Pero aun así intentaba entenderlo, o ya lo hacía, pero lo estaba digiriendo.
Ahora es distinto, ahora no quiero enfrentarme a ello. Y me está venciendo, de alguna forma estoy siendo derrotado por esa imposibilidad de enfrentarme a mí mismo. Y quizá no lo hago porque voy a perder y únicamente trato de retrasar esa caída.
Noto la angustia. El nudo en la garganta. El calor por todo el cuerpo, sobre todo en la cara, de cuando te pones nervioso o te da vergüenza. Noto como empiezan a subir las lágrimas ante la pregunta de cómo estoy. De cómo digo que bien intentando callar esa voz que intenta hacerse oír por encima de mí. Y como la acallo no llega hasta mi boca, sino que queda atrapada en mi pecho ocupando espacio y comprimiendo; intenta hacer daño para que llore; intenta que pida ayuda para ver si así alguien consigue escucharla. Pero he desarrollado demasiadas técnicas contra esa voz.
Noto como es una pregunta que debería hacerme a mí mismo y que sin embargo evito.“Estoy bien, si estuviera mal lo sabría, lo pensaría”, “me conozco, sé cuándo estoy mal y por qué”.Y joder, era verdad. Pero ahora no. Ahora me da miedo. Creo que me toca ser completamente sincero con lo que me duele y eso me asusta, y mucho más hacerlo con alguien más. Pensaba que las cosas que me dolían las aceptaba y que era capaz de confiar en mis personas para reconocer lo mucho que me duelen.
Creía conocerme.
Y ahora me doy cuenta que en el fondo nunca he sido sincero y que no me distingo de los demás. No estoy por encima de ellos, simplemente por debajo. No es que pase de las cosas, no es que no me duelan, no es que las lleve bien, es que simplemente no me reconozco lo que pueden llegar a afectarme.
Nunca pienso en mí como podría hacerlo con otra persona. No porque no me tome como un sujeto aparte, eso lo hago y mucho. El problema está en que no quiero fallarme a mí mismo. Soy mi propio hijo tonto con el que busco una excusa para verme listo. Para verme fuerte, capaz. Diferente.
De alguna forma pensaba que se había acabado eso de tener miedo a hablar de cómo estoy, de lo que siento. A intentar poner en voz alta (es una forma de hablar, no hablo de la necesidad de hacerlo de forma oral) por lo que estoy pasando sin ningún tipo de temor.
Dejar de huir de mí y afrontar las cosas, y si no es con un tercero al menos conmigo mismo.
Pero veo que no.
Cuando me preguntan qué tal. Antes mentía a esa pregunta, bien decía. A quién le importa, al fin y al cabo. Tampoco tengo por qué contarlo.
Como mucho, con algunas personas podía afirmar que estaba mal. Que no sabía qué me pasaba. Pero aun así intentaba entenderlo, o ya lo hacía, pero lo estaba digiriendo.
Ahora es distinto, ahora no quiero enfrentarme a ello. Y me está venciendo, de alguna forma estoy siendo derrotado por esa imposibilidad de enfrentarme a mí mismo. Y quizá no lo hago porque voy a perder y únicamente trato de retrasar esa caída.
Noto la angustia. El nudo en la garganta. El calor por todo el cuerpo, sobre todo en la cara, de cuando te pones nervioso o te da vergüenza. Noto como empiezan a subir las lágrimas ante la pregunta de cómo estoy. De cómo digo que bien intentando callar esa voz que intenta hacerse oír por encima de mí. Y como la acallo no llega hasta mi boca, sino que queda atrapada en mi pecho ocupando espacio y comprimiendo; intenta hacer daño para que llore; intenta que pida ayuda para ver si así alguien consigue escucharla. Pero he desarrollado demasiadas técnicas contra esa voz.
Noto como es una pregunta que debería hacerme a mí mismo y que sin embargo evito.“Estoy bien, si estuviera mal lo sabría, lo pensaría”, “me conozco, sé cuándo estoy mal y por qué”.Y joder, era verdad. Pero ahora no. Ahora me da miedo. Creo que me toca ser completamente sincero con lo que me duele y eso me asusta, y mucho más hacerlo con alguien más. Pensaba que las cosas que me dolían las aceptaba y que era capaz de confiar en mis personas para reconocer lo mucho que me duelen.
Creía conocerme.
Y ahora me doy cuenta que en el fondo nunca he sido sincero y que no me distingo de los demás. No estoy por encima de ellos, simplemente por debajo. No es que pase de las cosas, no es que no me duelan, no es que las lleve bien, es que simplemente no me reconozco lo que pueden llegar a afectarme.
Nunca pienso en mí como podría hacerlo con otra persona. No porque no me tome como un sujeto aparte, eso lo hago y mucho. El problema está en que no quiero fallarme a mí mismo. Soy mi propio hijo tonto con el que busco una excusa para verme listo. Para verme fuerte, capaz. Diferente.
Lo que nunca pienso como si fuera otra persona es cómo pueden afectarme, sin ser consciente, las situaciones mantenidas durante cierto tiempo si no produzco respuestas inmediatas. Cómo puede afectarme, de verdad, el hecho de perder un poco de autoestima cada día en clase; el sentirme un fracaso de hijo; ver que no tengo el valor para avanzar.
Los traumitas supongo. Los traumitas es lo que no consigo ver en mí. Como si no estuviera lleno.
Sí, hago las coñas, lo reconozco a medias, pero no como toca, o al menos eso creo.
Mi cabeza ha ido moldeándose y adaptándose a todas esas situaciones.
No quiero estar reconociendo esto. No quiero hacerlo.
Sé que a veces se necesita a alguien desde fuera para que te lo diga, pero no quiero tenerlo. No quiero que venga alguien para convencerme de que aquí hay algo. Y que ese algo necesita atención y de que hay que ver qué pasa. Porque no quiero ver qué pasa. Quiero huir. No me interesa. No quiero que me interese. No quiero reconocer mis puntos débiles, los de verdad. Y supongo que los he dejado entrever, aunque no tanto como creo que podría llegar a hacer.
No sé qué quiero decir. Sólo sé que necesito llorar, gritar, quejarme, echar en cara las cosas, pedir ayuda, pedir que me entiendan y que no me lo pongan más difícil, poder reconocer y aceptar que hay ciertas cosas con las que no puedo. No odiar el mundo, no odiarme en él.
Los traumitas supongo. Los traumitas es lo que no consigo ver en mí. Como si no estuviera lleno.
Sí, hago las coñas, lo reconozco a medias, pero no como toca, o al menos eso creo.
Mi cabeza ha ido moldeándose y adaptándose a todas esas situaciones.
No quiero estar reconociendo esto. No quiero hacerlo.
Sé que a veces se necesita a alguien desde fuera para que te lo diga, pero no quiero tenerlo. No quiero que venga alguien para convencerme de que aquí hay algo. Y que ese algo necesita atención y de que hay que ver qué pasa. Porque no quiero ver qué pasa. Quiero huir. No me interesa. No quiero que me interese. No quiero reconocer mis puntos débiles, los de verdad. Y supongo que los he dejado entrever, aunque no tanto como creo que podría llegar a hacer.
No sé qué quiero decir. Sólo sé que necesito llorar, gritar, quejarme, echar en cara las cosas, pedir ayuda, pedir que me entiendan y que no me lo pongan más difícil, poder reconocer y aceptar que hay ciertas cosas con las que no puedo. No odiar el mundo, no odiarme en él.
Comentarios
Publicar un comentario