Quién es yo
A veces encuentro cosas por mi ordenador que me recuerdan a cómo solía ver el mundo. Me divierte leer mi visión de las cosas y sobre todo de mí mismo. Supongo que me divierte, pero también me asusta. Tengo miedo de los cambios, de que me desestabilicen. Tengo la mala costumbre de querer entenderme y no soporto la idea de que, cuando al fin lo consiga, no haya servido de nada porque esa persona que creía estudiar ya no existirá. Será simplemente el recuerdo de otra que ha elegido otro camino. Esto es algo que escribí al final de 2º de bachiller.
Cuando vives con ella la odias, pero cuando no la tienes en cierto tiempo acabas echándola de menos. Me gusta sentir que me tengo, me gusta pasar tiempo sólo conmigo. Creo que ayuda.
Si no pudiera pasar tiempo conmigo mismo me daría cuenta de que tengo que cambiar algo, por eso necesito volver a esos momentos de vez en cuando.
Cambié, me dejé llevar por la felicidad del tonto. De pasar de todo, de disfrutar de lo bueno y olvidar lo malo. De lo común, de lo insulso, de lo típico. Lo corriente.
El miedo ha vuelto. No quiero ser corriente, Marta tiene razón. No quiero ser típico, insulso, común. Quiero ser yo, a mi manera.
Me gusta sorprender, intentar hacer pensar a otros en cosas que quizás no se les habían pasado por la cabeza. Y que ellos lo consigan conmigo. Quiero gente que entienda de qué les hablo cuando el tema tiene un poco de profundidad. Quiero gente que sepa ver la dificultad en temas que parecen simples, que reflexionen, que filosofen, que piensen. Y es mucho pedir, es difícil. Porque para qué pensar, ¿de qué sirve?
Y es verdad que igual no sirve de nada, y es verdad que igual es una pérdida de tiempo.
Aunque no, no es verdad. Es mentira, una mentira bastante triste de llegar a ser creída. Sería como decir que ver películas, leer libros, ir a obras de teatro es perder el tiempo.
Quiero buscar ese tipo de gente. Me gusta cazarlos. Me gusta buscar a esa gente, ver el potencial en ellos. Me siento como un cazatalentos.
Pero a veces las conversaciones con otros tienen un límite. Y sólo tú te entiendes. O no, pero da igual. Me gusta cuando no me entiendo ni yo. Me gusta tener que escribir e intentar proyectar lo que pienso, lo que me pasa, para leerlo después y estudiar el texto como si se tratara de otra persona. Lo hace más fácil. Me gusta ver que todavía puedo pensar. Que todavía valgo algo.
Echarme a perder me da rabia. Me odio por ello. Ojalá pudiera volver atrás y aprovechar el tiempo realmente. Y más me mata darme cuenta de que no lo estoy remediando, de que sigo perdiendo el tiempo. No sé qué quiero.
Me hace gracia cuando todo el mundo, cuando piden a alguien, dicen: “quiero alguien que tenga las ideas claras”. Nada más contrario a mí. Nunca las he tenido, creo. Lo dicen como si fuera fácil, como si fuera lo más normal del mundo. Pero para mí es imposible, y quiero conseguirlo, pero es imposible. Me doy rabia, me doy asco, pero en el fondo me entiendo demasiado como para no quererme.
No me cambiaría. En el fondo prefiero ser así. Con mis momentos de soledad, con mis reflexiones interminables sobre una miga de pan, con la dificultad que le añado a todo, con los momentos de frustración, con la infelicidad constante. Con todo. Me gusta ser yo, en el fondo. No quiero ser simple, aunque sirva para ser feliz.
Cuando vives con ella la odias, pero cuando no la tienes en cierto tiempo acabas echándola de menos. Me gusta sentir que me tengo, me gusta pasar tiempo sólo conmigo. Creo que ayuda.
Si no pudiera pasar tiempo conmigo mismo me daría cuenta de que tengo que cambiar algo, por eso necesito volver a esos momentos de vez en cuando.
Cambié, me dejé llevar por la felicidad del tonto. De pasar de todo, de disfrutar de lo bueno y olvidar lo malo. De lo común, de lo insulso, de lo típico. Lo corriente.
El miedo ha vuelto. No quiero ser corriente, Marta tiene razón. No quiero ser típico, insulso, común. Quiero ser yo, a mi manera.
Me gusta sorprender, intentar hacer pensar a otros en cosas que quizás no se les habían pasado por la cabeza. Y que ellos lo consigan conmigo. Quiero gente que entienda de qué les hablo cuando el tema tiene un poco de profundidad. Quiero gente que sepa ver la dificultad en temas que parecen simples, que reflexionen, que filosofen, que piensen. Y es mucho pedir, es difícil. Porque para qué pensar, ¿de qué sirve?
Y es verdad que igual no sirve de nada, y es verdad que igual es una pérdida de tiempo.
Aunque no, no es verdad. Es mentira, una mentira bastante triste de llegar a ser creída. Sería como decir que ver películas, leer libros, ir a obras de teatro es perder el tiempo.
Quiero buscar ese tipo de gente. Me gusta cazarlos. Me gusta buscar a esa gente, ver el potencial en ellos. Me siento como un cazatalentos.
Pero a veces las conversaciones con otros tienen un límite. Y sólo tú te entiendes. O no, pero da igual. Me gusta cuando no me entiendo ni yo. Me gusta tener que escribir e intentar proyectar lo que pienso, lo que me pasa, para leerlo después y estudiar el texto como si se tratara de otra persona. Lo hace más fácil. Me gusta ver que todavía puedo pensar. Que todavía valgo algo.
Echarme a perder me da rabia. Me odio por ello. Ojalá pudiera volver atrás y aprovechar el tiempo realmente. Y más me mata darme cuenta de que no lo estoy remediando, de que sigo perdiendo el tiempo. No sé qué quiero.
Me hace gracia cuando todo el mundo, cuando piden a alguien, dicen: “quiero alguien que tenga las ideas claras”. Nada más contrario a mí. Nunca las he tenido, creo. Lo dicen como si fuera fácil, como si fuera lo más normal del mundo. Pero para mí es imposible, y quiero conseguirlo, pero es imposible. Me doy rabia, me doy asco, pero en el fondo me entiendo demasiado como para no quererme.
No me cambiaría. En el fondo prefiero ser así. Con mis momentos de soledad, con mis reflexiones interminables sobre una miga de pan, con la dificultad que le añado a todo, con los momentos de frustración, con la infelicidad constante. Con todo. Me gusta ser yo, en el fondo. No quiero ser simple, aunque sirva para ser feliz.
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