Una cuerda. Como la de un funambulista.
Y sólo se ve un círculo, los bordes están oscurecidos. Como si fuera un túnel. Como si de retinosis pigmentaria se tratara.
Te acercas más a la cuerda. Está alto, muy alto. Da miedo. No eres un equilibrista profesional. Cuando juegas a andar por el bordillo de la acera no aguantas ni diez metros.
Da mucho miedo. Tienes mucho miedo. No quieres subirte.
Pero la pared te empuja. Avanza, poco a poco pero constantemente.
Pones un pie encima de la cuerda, luego el otro. Es difícil, pero no tanto como pensabas. Empiezas a caminar, sin ver nada. Concentrado en no caerte, y bastante tienes con eso.
Poco a poco lo blanco que te rodea se va haciendo cada vez más gris, y al final se convierte en el negro más oscuro de la noche más oscura. A tientas, tanteas la cuerda a cada paso. Ya eres un poco más experto, pero no contabas con este handicap repentino. ¿No va a parar?
Y desde tu posición ves esferas algo más claras, como burbujas, hacia las que te diriges.
Y pasas por una, y luego por otra.
En la primera, hay mucho viento, casi te caes; en la segunda la cuerda coge pendiente, no se te había ocurrido lo difícil que iba a ser subir una cuesta yendo en cuerda; en la cuarta te gritan, desestabilizándote; en la siguiente te lanzan cosas, ¿son balones? ¿bolas de bolos? ¿son los bolos?; la próxima convierte la cuerda en un cable, y a cada paso te recorre un calambre.
Sigues, pero no va a mejor. Pasan pájaros, y te cubren con sus apestosas heces; empieza a llover, te cae una tormenta; aparecen obstáculos, que para atravesarlos tienes que agacharte, lo que hace que estés a punto de perder el equilibrio.
Y sí, te has vuelto un experto en esto. Eres el mejor haciendo equilibrios, incluso a veces avanzas antes de que la pared te lo exija. Nadie te supera, ni por asomo. Pero cansa. Tienes calambres en los pies, y rozaduras, y están sucios. Y cada dificultad más te hace perder un poco las ganas de seguir por esa cuerda. Porque cada vez estás más hasta las narices de tener que seguir por ahí.
Es entonces cuando piensas. ¿Por qué he cogido este camino? ¿Por dónde me ha llevado?
Miras hacia atrás, y la pared que te lleva persiguiendo desde el principio está lejos, tienes tiempo. Paras. Cierras los ojos. Recuerdas.
La primera burbuja, la primera vez que te sentiste mal porque te gustara un chico. O la segunda, cuando te reías de aquel compañero afeminado por “maricón”. La tercera también, claro, fue la vez que evitaste todo tipo de contacto con amigos tuyos “yo no soy un marica”. Cuando dijiste comentarios inadecuados sobre compañeras tuyas sólo por encajar en la élite de los machos α. La burbuja 16, la vergüenza y la culpa que sentiste la primera vez que te masturbaste pensando o viendo alguna imagen homosexual.
Y las esferas siguen, las burbujas no paran. La primera vez que te atrae un chico y te obligas a creer que es mentira. Todas las veces que te niegas a ti mismo, que te insultas. Las veces que te odias y que te das asco. Las veces que te da miedo vivir una mentira, las que te aterras por el temor que tienes a que nunca reúnas el valor suficiente para ser tú mismo, o esa parte de ti que tan poco te gusta. Las veces que te has preguntado por qué a ti, como si hubiera una razón, algo evitable. El miedo a ducharte con amigos y que piensen algo raro de ti.
Algo cambia en el horizonte. Ya no son sólo bolas con cosas malas. Ahora hay otra cuerda, y por ella llega otro chico. Uno alto, rubio, de ojos azules. Uno con un una sonrisa en la cara, siempre con su sonrisa.
Os dais la mano, y por un momento la cuerda se hace más firme, más tensa, el camino se hace más fácil. Cuando uno se tambalea el otro tira de él.
Pero no por mucho tiempo.
Juntos llegáis a más burbujas. Burbujas compartidas, como el miedo a que no se repita vuestro primer encuentro. Las veces que os besáis a escondidas por miedo a qué pensarán. Estar casi 5 meses sin mostraros cariño al aire libre, porque nadie os puede descubrir. El peso de una doble vida. No poder explicar lo felices que estáis porque sólo el hecho de pensar en enfrentaros a la situación os hace temblar.
Y paráis. Llega un momento que ya no podéis andar más, ya no queréis seguir esa cuerda. Y la pared os acecha, pero no queréis seguir avanzando. No por ahí, no más burbujas.
Os miráis. Él está sonriendo, como siempre. Seguís cogidos de la mano y os apretáis con fuerza. Miráis al vacío. Os apretáis con más fuerza. Sonreís de nuevo, como sólo sois capaces de hacer cuando estáis en uno de vuestros escondites, y os apretáis aún con más fuerza.
No hace falta hablar, no hace falta verbalizarlo. Lo sentís los dos, ya no merece la pena ese camino. Saltáis.
Y qué bien.
Y qué feliz.
Comentarios
Publicar un comentario